viernes, 1 de junio de 2012

Poemas Al hombre De Campo

hombre de campo arando
















Hombre y Arado



Van los tardos bueyes, paso sobre paso,
bajo los ardores del ardiente sol;...
van por la llanura cuyo campo raso
hace tiempo huellan, paso sobre paso,
a la voz amiga de su conductor.

Van a la frescura del abrevadero
dos angustiosos; presas de la sed
arando el campo medio día entero,
del sol de agosto bajo el gran brasero,
¡marchan a las aguas del abrevadero
aliviar el fuego del bochorno cruel!

¡Vaya un sol quemante; cómo da en la testa
en el amplio lomo del paciente buey,
el que no descansa porque no protesta,
el que siempre lleva sobre lomo y testa
gran pesadumbre de la eterna ley!

Débiles los miembros, las fauces jadeantes,
marchan lentamente como en procesión,
los enormes cuerpos casi vacilantes,
queriendo rendirse tristes y jadeantes,
la escasa alfombra del seco pajón.

Con sus grandes ojos, mansos y conformes,
del camino miran al linde final,
la enfilada tropa de árboles enormes,
donde fatigados, mansos y conformes
gozarán un rato de tranquilidad.

¡Qué gigante lucha de este medio día!
¡Cuántas desazones! ¡Vaya un bravo arar!
Para abrir el surco, ¡qué triste agonía!
¡Y aún están los músculos para medio día
que el arado espera para trabajar!

Aún los troncos firmes de las firmes astas
sentirán el yugo largas horas más;
y halando el arado por las tierras vastas,
conquistando fuerzas alzarán las astas
al "¡oh de los bueyes!" de su capataz.

Darles grandes fuerzas al Señor le plugo,
músculos de acero, bríos de titán,
y aunque desfallezcan bajo el recio yugo,
son los elegidos y al Señor le plugo
darles una vida para trabajar.

Si no dan sus fuerzas para esas fatigas,
¿qué se harán los sueños del cultivador
que ha soñado un campo de rubias espigas?;
si no dan mis fuerzas para esas fatigas,
¿quién limpia la tierra de cardos y ortigas,
para los milagros de la producción.

Si lo quiere el amo para sus riquezas
y lo exige el látigo del buen conductor,
es indispensable preparar las fuerzas,
¡resistir el yugo sobre las cabezas,
dando al amo frutos para sus riquezas,
recibiendo en cambio su agua y su pajón...!

¿Y a qué más alto anhelo? ¿No está remunerado
su amargo sufrimiento, su eterno trabajar?
En cambio de las horas eternas del arado,
¿no están una miseria de tiempo en el cercado,
mientras el amo apura su vino y su manjar?
Descansarán ahora, por término marcado,
y luego ¡a la faena penosa volverán...!

¡Volverán los bueyes, paso sobre paso,
bajo los ardores del ardiente sol,
por la gran llanura cuyo campo raso,
hace tiempo huellan, paso sobre paso,
a la voz amiga de su conductor...!














Autor: Federico Bermúdez y Ortega